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El Frente de Todos con poca mística y pasión

  • Foto del escritor: Editorial Tobel
    Editorial Tobel
  • 27 nov 2021
  • 5 Min. de lectura

Ante una oposición que no duda en cascotear el rancho, la Casa Rosada.


Por: Tano Armaleo.- Como era de esperar, el calendario electoral 2023 se encuentra en marcha. Por lo tanto, los andamiajes comienzan a reacomodarse en busca del sol. Quienes picaron en punta fueron los de Juntos por Cambio. El peso de gobernar los libera de trabajar en bien del país. Sin embargo, esto no impide que la interna se encuentre al rojo vivo -con final incierto- y se mantenga atado, con alambre, al solo efecto de llegar a las elecciones del 23 con la fortaleza que suele garantizar la unidad. No menos interesante es lo que transcurre en el Frente de Todos.

Por ejercer el poder institucional -nacional como provincial- y en esa voluntad por dar vuelta la página, se ubica en la vidriera más vista. Esto le significa múltiples operaciones mediáticas (especialmente de la prensa macrista), que intentan desestabilizar y esmerilar el poder de Alberto Fernández. Desde H. Yrigoyen a la fecha, cuanto gobierno popular fuera electo, las tintas siempre se recargaron sobre estos presidentes. Pero más allá de estas disquisiciones, lo cierto es que el Frente de Todos tiene a dos fuertes espadas disputando poder institucional. Al Movimiento Evita y a La Cámpora, respectivamente. El Partido Justicialista y la CGT, por ahora, miran de reojo estas cuestiones. Si bien la CGT, vía Moyano, estaría ingresando en segmentos del gobierno nacional, el PJ no tiene un panorama más dilucidado.


Cierto es que los resultados electorales, y la masiva marcha a plaza de Mayo (miércoles 17 de noviembre, Día del Militante) en respaldo al gobierno nacional marcó un punto de inflexión para el presidente Alberto Fernández. La convocatoria, vale recordar, fue motorizada por la CGT y diversos movimientos sociales, entre ellos el Evita. Con los resultados electorales del domingo, La Cámpora y otros aliados, por caso Frente Renovador, se sumaron a la marcha.


Como si fuera una clara señal política, la columna de La Cámpora, con Máximo Kirchner a la cabeza, se ubicó en Avda. de Mayo y 9 de Julio. La nimia explicación fue que no pudieron llegar en horario. El mensaje fue claro: somos y seguiremos siendo parte del gobierno, acompañamos, empujamos desde atrás, no somos la cabeza institucional. Como todo espacio político, La Cámpora disputa poder territorial. Así es como tiene gente en el gobierno nacional, donde tiene el control (que no es lo mismo que desplegar políticas activas para la población) del Ministerio del Interior, de Medio Ambiente, de Justicia, y de Género. Además, tiene la administración de organismos como el PAMI y la ANSES, entre otros.


En lo que respecta a la provincia de Buenos Aires, la relación con Axel Kicillof -cada vez con más impronta propia el mandatario provincial- viene atravesando, desde hace tiempo, un camino de debates internos; no ideológicos. Más bien por cuota de poder con el objeto de poner más “territorialidad al gobierno”, aseguran desde La Cámpora. El punto de inflexión fue el cambio de gabinete que el gobernador venía pateando. Debió ser Cristina quien lo disciplinara, al punto de hacerlo ir a Santa Cruz. Tras ese viaje se produjeron los cambios. La influencia de La Cámpora también se vio reflejada en el armado de listas legislativas. Imponiendo a ilustres desconocidos, o paracaidistas, como candidatos en la mayoría de los distritos, especialmente donde no hay intendentes del FdT.

Otro sector al cual se le confirió poder, seguramente por la acción de fuego que tiene, es el Movimiento Evita. Un espacio que supo convivir y sobrevivir muy bien con la derecha en los años que Mauricio Macri administraba el país. Es el mismo espacio que en el 2017 armó lista con Florencio Randazzo en la provincia de Buenos Aires e impidió que la lista de senadores de Cristina Kirchner y Jorge Taiana doblegara las aspiraciones de Esteban Bullrich. El Movimiento Evita, parafraseando a Perón, se podría decir que sube al caballo por izquierda y baja por derecha. La conducción y todos los cargos legislativos e institucionales lo ejercen los que nunca juntan barro en los pies.


Alberto Fernández, en esto de construir y solidificar la alianza gobernante, se apoya, en gran medida, en el Evita. Y últimamente, ha salido a recrear un mayor acercamiento con la CGT y gobernadores. El acto de Plaza de Mayo fue la punta de lanza. Claro que aún no se ve reflejado en hechos concretos. Y dentro de este escenario, quien aún no ha encontrado protagonismo es el Partido Justicialista: diría Perón, pero si peronistas somos todos. Hasta Sergio Massa, con su Frente Renovador a cuesta, no renuncia a una impronta peronista.

Si bien la historia del Justicialismo se ha construido siempre sobre bases de alianzas electorales, el Frente de Todos es una instancia inédita. Inédita porque a diferencia de las otras circunstancias, en que la conducción estaba bien marcada, Perón, Menem, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner, la actual alianza es la confluencia de dos liderazgos claros y con votos propios, con más y con menos: el de Cristina Kirchner y Sergio Massa, respectivamente. Alberto Fernández, así pareció comprenderlo Cristina al momento de elegirlo, fue y es la mejor resultante a la hora de enfrentar a una derecha dispuesta a todo. No es ningún secreto que un amplio sector de Juntos por el Cambio alienta y estimula el enfrentamiento y división social. Son los que vienen poniendo palos en la rueda y trabando cuanta iniciativa parlamentaria pretenda abordar el oficialismo en el Congreso Nacional. También se vio esto en el transcurso de la pandemia.


Con ser dique de contención, o un presidente que no se sube al ring, no alcanza para atender las demandas por las que el Frente de Todos llegó al gobierno en el 2019. Levantar al país, sacar a millones de la pobreza más extrema, levantar las persianas de la industria, evitar discusiones estériles, era parte de la épica por la cual la gente votó al FdT . Es cierto, el macrismo dejó tierra arrasada. Indicadores oficiales y privados (UIA, CAME, CGRA) y organismos internacionales, así lo certifican. La pandemia hizo lo suyo.

No obstante, y a pesar de todo esto, Argentina está comenzando a levantarse. Obvio, falta mucho, y mucho por ratificar y rectificar. El camino que resta es sinuoso y más aún si la pesada herencia que dejó Juntos por el Cambio (FMI) es saldada con ajustes y recortes sobre sectores postergados. O si se busca restarle impulso e inversiones a áreas claves: educación, ciencia y tecnología, salud, obras públicas.


Si algo ha caracterizado al peronismo es la mística y pasión por transformar la realidad. Lo que implica asumir riesgos y costos, por cierto. Hoy no se ve mística y pasión peronista en quienes tienen las mayores responsabilidades dentro del gobierno del Frente de Todos. La mayor “pasión” pareciera reducirse a que todos y cada uno de los y las candidatas para el 2023, surjan de una interna.

No se observan debates intensos que inviten a soñar y materializar logros colectivos. Debatir, por ejemplo, la necesidad o no, de nacionalizar los depósitos, las exportaciones; comenzar a retirar subsidios a la enseñanza privada para fortalecer el andamiaje público; recrear una alianza estratégica con industriales nacionales; cumplir con aquello que fija la Constitución, participación de los trabajadores en las ganancias empresariales; promover un gran acuerdo nacional para fijar un plan estratégico nacional de medio ambiente; o bien planificar un plan nacional de desarrollo productivo inclusivo que involucre a productores de economías regionales, cooperativas y a la industria de alimentos, entre otros varios puntos, bien podrían ser parte de una agenda.


Si un gran logro tuvo, y tiene la derecha es que ha ganado una gran batalla que lleva decenas de décadas en el escenario: desvalorizar la política; rehuir a todo tipo de debate. El oficialismo, tal vez por esa falta de mística y pasión, o por atender las cuestiones diarias del gobierno, finalmente no logra fijar agenda con la responsabilidad histórica que significa dar la batalla cultural.

La oposición, aprovechando la situación, sale a cascotear el rancho, la Casa Rosada -es lo que hace- en el convencimiento de que, más allá de la protección mediática, tiene a un sector del pueblo que le banca la parada.


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